Virginia Feinmann presenta su libro en La Plata




El martes 27 de noviembre a las 19 hs. Virginia Feinmann presenta su libro “Personas que quizás conozcas” en La Plata, junto a lxs escritorxs Félix Bruzzone y Raquel Robles.







Qué día: El 27 de noviembre de 2018.
A qué hora: 19.00
Dónde: Biblioteca López Merino (Calle 49, Nro 835, entre 12 y Diag 74)
Cómo llegar: Click aquí

SOBRE LA PRESENTACIÓN

“Personas que quizás conozcas” es una novela de doble entrada, cada microrrelato cierra en sí mismo y a la vez forman una historia completa. Con textos en torno a la tecnología, los celulares y los vínculos, el algoritmo de Facebook, la enfermedad del padre, el desempleo y la fragilidad amorosa de la madre, Virginia Feinmann construye un mundo delicioso y hasta adictivo, articulado por la pericia narrativa que caracteriza su producción.

Virginia Feinmann
Nació en Buenos Aires en 1971, es licenciada en Periodismo.
Ha publicado cuentos en suplementos literarios de Página/12, Revista Letras Libres (México y España), Revista La Granada, Diario La Gaceta, Revista El Coloquio de los Perros (España), Revista Socompa y Revista Anfibia. Su cuento “Gloria” fue adaptado al teatro para Teatro X la Identidad, Abuelas de Plaza de Mayo y se da en forma itinerante en colegios y centros culturales.
En junio de 2016 publicó su primer libro, “Toda clase de cosas posibles” (Colección Mulita). En mayo de 2018 publicó su segundo libro, “Personas que quizás conozcas” (Emecé). Varios de sus microrrelatos, de fuerte circulación en las redes sociales, han sido adaptados para radio, teatro o espectáculos de narración oral.

Félix Bruzzone
Nacido en 1976, estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires, da talleres literarios y trabaja limpiando piletas de natación. Publicó cuentos en antologías, revistas y sitios de internet en Argentina, Francia, Italia, España, Alemania, México, Uruguay e Inglaterra. En 2008 editó el libro de cuentos “76”, por Editorial Tamarisco, un sello fundado en 2006 por él mismo y otros tres narradores. Ese año publicó también su primera novela, “Los topos”, por Random House Mondadori, y en 2010 la segunda, “Barrefondo”. En años posteriores publicó "Las Chanchas" y "Piletas". Sus libros fueron traducidos en Francia y Alemania, donde en 2010 recibió el premio Anna Seghers. Es hijo de desaparecidos y desde hace un tiempo trabaja en un proyecto sobre los alrededores de Campo de Mayo, la mayor guarnición militar de Argentina. La crítica ha señalado que Félix inauguró una manera distinta de tratar las historias de la militancia y la dictadura argentina, lejos de recursos y tópicos remanidos.

Raquel Robles
Raquel Robles nació en Santa Fe en 1971. Escritora, periodista y docente, es conocida también por su labor como profesora de literatura para jóvenes marginales. Obtuvo el Premio Clarín en 2008 con su novela "Perder".
Es autora también de los libros "Pequeños combatientes", en el que se explora el universo infantil de los hijos de desaparecidos a partir de una reelaboración del lenguaje de la militancia. También publicó "La dieta de las malas noticias", una comedia negra sobre la familia, las relaciones familiares y los espinosos caminos del amor. En 2018 publicó "Papá ha muerto" y "La política del detalle" por Edulp.
Es cofundadora de la agrupación H.I.J.O.S.
Ha colaborado en el diario Página/12 y las revistas Tres puntos y El Planeta Urbano.  

Fragmentos del libro:

El algoritmo de facebook me traía malas noticias. Me sugería todos los días que me hiciera amiga de una mujer. Personas que quizás conozcas. Un solo amigo en común con ella. Esteban. Esteban con quien chateo todas las noches. ¿Qué viene a decirme sin que se lo pida el algoritmo de facebook? ¿Que él también chatea con ella?
El algoritmo insiste con que quizás yo la conozca sin que tengamos 1500 contactos en común. Debo conocerla por otras variables. Quizás el único contacto que tenemos en común sea tan cercano, tan cercano para ambas, que hace saltar las térmicas del algoritmo.
Prendo la computadora y veo su cara. Personas que quizás conozcas. Sus ojos pintados de negro y la boca gruesa en un gesto de masticar chicle, de tomar todas las situaciones de la vida con mucha más experiencia que yo.
Estoy por apagar a la noche y veo su cara. Personas que quizás conozcas. Un lunar arriba del labio y una advertencia en su muro: las escorpianas reaccionamos al odio con odio y al amor con amor. Ella misma puso abajo: y si nos dan sexo, ni te digo.
Algoritmo de facebook, todavía no separé los objetos que él tiene en casa. Todavía no los puse en una bolsa ni fui a la Plaza Armenia. Todavía no los dejé frente al árbol donde nos dimos un beso con una nota que dice: “Que algún pibe juege al fútbol con tu remera. Yo ya la abracé por última vez”.
Algoritmo de facebook, no seas más humano que nosotros, más inteligente que yo, más valiente que él.

Todos los días a las cuatro de la mañana escucho a alguien que vomita. Nadie más debe escucharlo, pienso yo, debo ser la única despierta a esa hora.
No hay nada en el sonido que me indique si es hombre o si es mujer. No hay tampoco otra voz que le diga tranquilo o tranquila, ya va a pasar, ponete así, tomá esto que te alivia, vení acostate.
Cada vez que se acercan las cuatro empiezo a caminar de un lado a otro. Pongo música pero la saco enseguida.
En el décimo piso somos tres. Así que pienso que puede ser Nora, la abogada, o Agustín, el pibe que estudia ingeniería.
A Nora la escucho siempre temprano, cuando habla por teléfono. Siempre dice “les voy a mandar una carta documento”. “Van a saber de mí, pero no por teléfono, por carta documento”. “La próxima vez que me comunique va a ser por carta documento”, y variantes así.
A Agustín me lo cruzo cuando baja a buscar el delivery a la noche o le toco el timbre porque no puedo abrir la mermelada.
Ahora que baja a buscar el delivery aprovecho. Lo miro. Tiene ojeras.
–¿Te sentís bien?
–Más o menos.
–¿Qué tenés?
–No, que a mi hermano lo echaron del laburo, y mi mamá está complicada… no le dan los remedios en PAMI.
Llegamos abajo y no encontré nada para decirle.
A las cuatro de la mañana escucho los vómitos de nuevo. La noche siguiente otra vez.
Cuando vuelvo del chino me encuentro con Nora. Camina despacito. Entramos juntas y ella se recuesta sobre una pared del ascensor. Tiene la piel gris y un centímetro de canas en el pelo rubio. Respira cortito.
–¿Te sentís bien?
–Sí, sí.
–Tenés cara de cansada.
–Mil cuatrocientos pesos de teléfono me vinieron. Les metería una carta documento, pero no sabés lo que cuestan.
Entra en su departamento sin que a mí se me haya ocurrido nada para decirle tampoco.
A las cuatro escucho los vómitos otra vez. No sé a qué departamento ir. Pero ya no me importa demasiado. Sea Nora o Agustín o los dos, yo estoy vomitando con ellos.

Había empezado el día buscando sorbetes. Los sorbetes finitos no sirven para la rehabilitación, nos dijo el kinesiólogo, tienen que ser los anchos, así sopla más, los que te dan en Café Martínez.
Teníamos unos blancos con rayitas rojas comprados en un cotillón del Once. Papá soplaba bien, pero el kinesiólogo hacía que no con la cabeza.
–Así no va.
Fui corriendo al Café Martínez.
El viento helado me hacía doler el cuero cabelludo, la punta de la nariz. Las canas se me habían erizado y tenía los ojos llorosos. Empujé la puerta pero estaba cerrada. Toqué el timbre. El encargado me miró un rato antes de abrirme. Adentro estaba calentito, había olor a café, a spray, a rouge, a perfume.
–Es para una persona que necesita rehabilitarse, necesita soplar en sorbetes anchos, que acá tienen.... –la señora de la mesa más cercana giró la cabeza con su masita en la mano.
–Los únicos que hay son los que están ahí –el encargado señaló un vaso de metal. No parecían más gruesos que los otros.
–¿Pero estos son los de Café Martínez?
El encargado no dijo nada.
–Tienen que ser los de Café Martínez, porque si no no se va a rehabilitar.
–Los verdes –dijo otro empleado.
Lo miré.
–Está buscando los verdes. Son más anchos.
–Ah, los verdes. No. Esos hasta la semana que viene no hay.
–¿Y en otro Café Martínez?
El encargado no dijo nada.
Seguí por la Avenida Santa Fe. Pedí sorbetes en Starbucks, Burger King, McDonalds y dos heladerías. Volví al Café Martínez y pedí lo que tuvieran y que si llegaban los verdes que por favor me guardaran.
El kinesiólogo del sanatorio ya se había ido. Dejé los sorbetes como un ramo de flores en el vasito de la mesa de luz de papá.
Llegué a casa y me hice una sopa en el anafe. Puse la tele. Una mamá elefanta había parido un elefantito. Era todo orejas, gris brillante como con una sonrisita. Chapoteaba en el suelo. Ella le pasaba la trompa por el cuerpo. El elefantito intentó pararse pero se le doblaron las rodillas. Así varias veces, como si se le aflojaran, o se resbalara. Si el bebé elefante no logra pararse en veinte minutos, dijo el locutor, será presa fácil de los depredadores que ya han olido la sangre del parto. La madre tiene veinte minutos para lograr que se incorpore o deberá dejarlo atrás. La trompa de la elefanta lo empujaba cada vez más fuerte. El bebé trataba, pero las rodillas se le volvían a doblar. Trataba y se caía. Muchas veces. Hasta que la madre se alejó.
Era hora de irme a dormir. Di vueltas. Me hice un té. Volví al sillón y prendí la tele otra vez. Seguí mirando documentales. Tenía que estar temprano en el sanatorio pero ya sabía que no me iba a ir de ahí. Iba a seguir mirando la tele. Iba a quedarme todo el tiempo que hiciera falta hasta que me mostraran cualquier animal, elefante, jirafa o perro, que tuviera un problema y saliera adelante.

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